El lenguaje aplicado a la política, constituye el medio por el cual transmitimos las ideas que progresivamente definirán el modelo que adoptará la sociedad, el lenguaje es dinámico y moldeable, originalmente para plasmar de la mejor manera, la imagen que formamos del mundo y la existencia misma, sin embargo a su vez, es reformado para actuar en favor de intereses particulares. Distorsionar el lenguaje por el cual se transmiten las ideas a favor de una corriente ideológica, para inflar los argumentos a defender y ridiculizar o demonizar argumentos contrarios, deteriora el debate de fondo y anula totalmente la posibilidad de rescatar, (si es que lo hay) lo mejor de ambas posturas, o al menos someter a verdadera crítica argumentos que en un principio podrían parecer sólidos y contundentes y que tal vez, en definitiva no lo fueran. Por ello, debemos evitar caer en el error de pensar que la evolución del lenguaje siempre será en un sentido positivo a este y a la concepción de la realidad, pues encontraremos intevitablemente que estará cada vez más viciado de palabras sin sentido, metáforas moribundas y pasajes totalmente abstractos y rimbombantes que buscarán de manera practicamente desesperada darle sentido o base a argumentos que son incapaces de sostenerse por sí solos, pero que responden a intereses políticos y/o económicos.
El autor del famoso libro 1984, George Orwell ya denunciaba en su momento la decadencia del lenguaje y cómo este se había vuelto cada vez más un instrumento político que busca justificar lo injustificable (o muy difícil de justificar) partiendo de argumentos adornados por eufemismos que de otro modo, no serían aceptados por la población en general:
"En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. Cosas como la continuación del dominio británico en la India, las purgas y las deportaciones rusas, el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón, se pueden efectivamente defender, pero sólo con argumentos que son demasiado brutales para que la mayoría de las personas puedan enfrentarse a ellas y que son incompatibles con los fines que profesan los partidos políticos. Por tanto el lenguaje político debe consistir principalmente de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. Veamos por ejemplo un cómodo profesor defendiendo el totalitarismo ruso. No puede decir francamente: "Creo en el asesinato de los opositores cuando se pueden obtener así buenos resultados". Por consiguiente quizá, diga algo como esto:
"Aunque aceptamos que el régimen soviético exhibe ciertos rasgos que un humanista se inclinaría a deplorar, creo que debemos acordar que cierto recorte de los derechos de la oposición política es una consecuencia inevitable de los períodos de transición y que los rigores que el pueblo ruso han tenido que soportar han sido ampliamente justificados en el ámbito de los resultados concretos conseguidos."
El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. Una masa de palabras latinas cae sobre los hechos como nieve blanda, difumina los contornos y sepulta todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse." - G. Orwell / La política y el lenguaje inglés.
Pero este tipo de estrategias linguisticas con fines políticos no es el único que existe, las etiquetas son usadas ampliamente ya sean para dignificar a unos y denigrar a otros, un excelente ejemplo de esta es la del término neoliberalismo y/o neoliberales, estas palabras, se emplean más como armas arrojadizas por la gran carga negativa que estas etiquetas ya poseen, que como conceptos claros y correctamente definidos.
El neoliberalismo fué definido originalmente por el economísta socialista alemán Alexander Rüstow en el año 1938, quien en su afán por encontrar una alternativa distinta al socialismo y el capitalismo, creó la filosofía económica neoliberal que hoy en día podría asimilarse en mayor medida a la social democracia, sin embargo con el paso del tiempo el termino perdió casi todo valor hasta que fué reintroducido en 1980 durante las reformas económicas empleadas en la Chile de Augusto Pinochet, de allí se popularizó en los intelectuales de habla hispana y posteriormente entre los anglosajones, sin embargo, su definición histórica no se asemeja en nada a las definiciones modernas yuxtapuestas que actualmente posee y que inevitablemente se contradicen.
En america latina en especial, el neoliberalismo es ahora referido a acciones como el tráfico de favores entre el estado y algunos empresarios y políticas de mercado al que se le atribuyen muy malos resultados, fundamentalmente por no liberalizar realmente los sectores productivos en la economía, sino prestarse al mercantilismo estatal, que vendría siendo la privatización de empresas pero en favor de empresarios y políticos asociados a ellas, formando así monopolios y/o oligopolios que perjudican a la economía y sus consumidores. Generalmente se tildan de neoliberales a quienes sean partidarios de la derecha o a los liberales, pero estos señalamientos son más por fines peyorativos que por un verdadero acercamiento a las definiciones concretas de las distintas corrientes de pensamientos ajenos a la izquierda. Si no cuidamos nuestra prosa, tenderemos a caer ante palabras tramposas como la ya mencionada:
"Lo que se necesita, por encima de todo, es dejar que el significado elija la palabra y no al revés. En prosa, lo peor que se puede hacer con las palabras es rendirse a ellas. Cuando usted piensa en un objeto concreto, piensa sin palabras, y luego, si quiere describir lo que ha visualizado, quizá busque hasta encontrar las palabras exactas que concuerdan con ese objeto. Cuando piensa en algo abstracto se inclina más a usar palabras desde el comienzo y salvo que haga un esfuerzo consciente para evitarlo, el dialecto existente vendrá de golpe y hará la tarea por usted, a expensas de difuminar e incluso alterar su significado."
El lenguaje es y será fundamental en la esfera intelectual y cultural, los movimientos de izquierda comprenden que para la batalla cultural, usar etiquetas como "neoliberales", "fascistas", "fachos" o "alienados" e incluso el "lenguaje inclusivo" como neolengua producto del feminismo hegemónico, estarán al servicio de los movimientos para impulsar sus agendas políticas e ideológicas apelando no a la razón, sino al sentimentalismo.

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